5 claves para el 2020




El año 2019 fue sin duda alguna un período de grandes sobresaltos para la política nacional. Unas elecciones altamente judicializadas, una discusión sobre la permanencia o no de la Comisión contra la impunidad en Guatemala y una elección de cortes que no ha concluido aún (y en la que se han comprometido plazos constitucionales), son quizá apenas tres de los grandes eventos que marcaron el rumbo de los asuntos públicos. Sin embargo, en las últimas semanas pareciera haber una especie de pase de página, una tregua política de cara al cambio de gobierno que ocurrirá en enero de 2020, que ha sido muy perceptible a nivel de la opinión pública. Esa relativa calma tiene que ver con las expectativas con las que asume el nuevo gobierno. Y como todo en la vida, solo existe una única primera ocasión para causar una buena impresión. Es el principal reto de quienes asumen la conducción pública el año próximo.


A pesar de que hemos tenido un proceso de transición política muy prolongada –la más larga de nuestra reciente democracia-, se debe decir que el manejo que ha hecho el presidente electo del tiempo y los temas ha tenido un claro saldo positivo. Con una sana distancia de los asuntos de coyuntura, aprovechada para llevar agenda muy activa de presencia internacional, Alejandro Giammattei ha escogido bien sus batallas. Si uno analiza las intervenciones que ha hecho en distintos temas no puede uno menos que pensar que han sido orientadas para acumular capital político sin tener que sufrir el desgaste de ponerse en uno de los lados de la más reciente confrontación. Casi a todos ha ofrecido el presidente electo gestos de apertura. Inclusive el fallido viaje a Venezuela pudo haber resultado de un cálculo muy bien pensando, para poner a los gobiernos democráticos del área y particularmente a nuestro poderoso vecino del norte en buenas condiciones con el gobierno que asume. Sin embargo, pronto habrá la constatación de que asumir el cargo conlleva tomar decisiones que afectarán intereses o posiciones. Y para ello habrá que estar preparado. Bien se dice en el argot militar que el mejor plan no resiste las primeras 24 horas de su contacto con las realidades, así que lo que puede hacerse en esta última parte de la transición, es pensar en aquellas medidas de efecto que pongan más números negros en el haber que en el debe de la contabilidad política del nuevo gobierno.


Podría pensarse por ejemplo, para esta importante tarea, en cinco retos o desafíos. El primero de ellos es mostrar que su administración significa un cambio en modo y maneras respecto del gobierno que sale. Para ello no solo valen las declaraciones. Acciones importantes que logren generar la percepción de que es un gobierno que ha tomado las riendas desde las primeras horas, puede hacer una gran diferencia. La segunda medida es la de asegurar la mayor pluralidad posible de su lado. Teniendo una fuerza relativamente pequeña en el congreso y una independencia respecto de grupos de poder que le generó réditos en la elección, esto mismo puede hacer que sin estrategia se transite rápidamente a la soledad. Para atender este desafío el nuevo gobierno ha anunciado la creación de un consejo de estado. Trabajar en su conformación para estrenar un grupo muy calificado y relativamente cohesionado de líderes de todos los sectores podría darle un contrafuerte político muy importante para sus iniciativas. Pero ello solo ocurrirá si hay un trabajo fino de tejido previo a asumir el gobierno. La tercera son cosechas tempranas. Victorias claves en asuntos sociales como el empleo, el combate a la desnutrición, el restablecimiento de la red de salud pública son gestos importantes para que una población perciba que las demandas sociales son parte de la prioridad del nuevo gobierno. Eso le conferirá bonos de legitimidad esenciales. La cuarta tarea es la de acometer cambios estructurales en la administración pública para hacer frente a la corrupción. Las palabras convencen pero los ejemplos arrastran. Acciones estratégicas asumidas cuando aún se tiene capital político son fundamentales para desestructurar el mal anquilosado de la corrupción. Estas acciones definirán el rumbo de su gestión: o la transformación o la comodidad en el ejercicio del poder. Por último, el presidente ha llamado a la unidad nacional. Sus discursos y acciones aún desde la llanura a eso apelan. Pero ello tiene que ser traducido a un ejercicio serio de poner a las élites en comunicación y en procura de un objetivo o dos, que puedan ser realmente compartidos.

Con estas cinco tareas no se ha pretendido pontificar sobre lo que tocará hacer desde el ejercicio del poder. Es solo recordar lo que el propio Presidente electo ha dicho sobre cada uno de estos temas. Es decir, dentro de toda la carga que le llegará desde los primeros momentos, que pueden hacerlo derivar de hecho hacia urgencias no necesariamente importantes, hay cosas que realmente pueden hacer la diferencia. Este gobierno, para que todos los guatemaltecos tengamos éxito, debe tener éxito también. Para comenzar, esperemos que en estos desafíos concretos pueda ser exitoso.