La Traviata

La Traviata.jpg

La Traviata es probablemente una de las diez óperas favoritas de todo el repertorio universal de este género. Ponerla en cartelera significa teatros llenos, crítica literaria en los medios artísticos y conversaciones entre los amantes de la ópera acerca de los logros de los cantantes, de la escenografía o de la capacidad de ejecución de los músicos en la orquesta. ¿A qué se debe el secreto de su triunfo? Quizá a la interesante combinación entre una historia lacrimógena, una sucesión de melodías muy agradables y una duración más que razonable.

Pero esto no siempre fue así. Escrita por Verdi durante su mediana edad, La Traviata fue un fracaso durante el estreno y sus primeras representaciones en Venecia. Esto se debió fundamentalmente a la escogencia de los cantantes seleccionados para su primera presentación. Ejecutantes que no fueron capaces de llegar a las notas de la partitura o haber seleccionado a una soprano bastante “bien alimentada” para un papel que en el último acto muere casi de inanición, llamó incluso a risa de los asistentes, lo que provocó que perdiera gran parte de su fuerza dramática.

 

Es importante también aclarar un equívoco. Se ha dicho muchas veces que esta obra fue rechazada en su inicio porque fue la primera ópera que pretendió representar un drama en el escenario, con vestuarios y decorados de la época, es decir, por primera vez se veía en escena una estampa actual. Aunque la historia suene bien, no fue así. La primera presentación ubicaba la acción a principios del siglo XVIII. No obstante lo anterior, sí que es cierto que en sucesivas presentaciones la adaptación se fue haciendo cada vez que más al tiempo presente, lo que dio pie a la historia que hoy se cuenta.

 

Verdi tomó como fuente una novela de Alejandro Dumas hijo -la Dama de las Camelias- cuya primera representación teatral se efectuó en Paris pocos meses antes de que Verdi la hiciera ópera. La historia narra las vicisitudes de una famosa cortesana de la época, Marie Alphonsine Duplessis, de la que incluso se dijo fue amante del propio Dumas. Habiendo fallecido esta mujer pública unos pocos años antes de la presentación de la ópera, seguramente muchos miembros del público parisino que asistieron a las representaciones se veía de algún modo reflejados en los personajes que allí aparecen.

 

Musicalmente vale la pena destacar algunos datos. Esta ópera inicia el proceso que rompe con el esquema rígido de recitativos y arias. Los diálogos y la interacción entre los personajes se producen a un ritmo y flujo mucho más continuo y acelerado que en óperas anteriores. Por ello verás la acción menos interrumpida. Otro dato importante es la utilización por Verdi de los recursos escenográficos -voces fuera del escenario, música que aparece y reaparece en ambientes vecinos- para aportarnos mayor realismo al drama al que asistimos.

 

En el acto I hay momentos musicales memorables. El famoso brindis, que llega muy temprano en la obra, es el episodio más taquillero de la Traviata y quizá una de las melodías más reconocidas por el público. En ella verás dos aspectos interesantes: primero la utilización genial de la pausa y silencio que Verdi utiliza antes de iniciar el canto, como una especie de “punto y coma” musical, con el que pretende capturar nuestra atención a lo que sigue. Lo has oído ya también en “La Donna e Mobile” de Rigoletto. Por otro lado, verás como un Violetta sigue la melodía de Alfredo, como poniéndose de acuerdo, antes de llegar a cantar juntos.

 

También atención a la “coloratura” de la soprano en sus intervenciones, particularmente en el “Sempre libera” al final del acto. ¿Qué significa coloratura? Es la técnica de recurrir a los trinos, a las notas altas, a la exigencia vocal máxima de la soprano. En este caso Verdi no pretende regresarnos a la época del Bel canto de Bellini, Rossini y Donizetti ya dejado atrás, sino pretende retratarnos a la Violetta como una mujer con fuego, intensa, inaprehensible.

 

El acto II se divide en dos escenas. En la primera es muy destacable la conversación entre Violetta y el padre de Alfredo, Germont. Es importante ver como Verdi retrata con singular maestría, no solo el carácter sicológico de cada uno de ellos, sino como ambos pero en particular Germont, evoluciona en su forma de pensar a lo largo de la conversación. Todo ello por medio de la música. En la segunda escena, en cambio, las afrentas y los episodios dramáticos se desenvuelven con un telón de fondo musical aportado por la orquesta, que con su persistencia nos crea un clima de tensión.

 

Un hermoso y doliente preludio abre el acto III, creándonos el estado de ánimo para lo que viene. Comentamos algunos datos destacables de este acto. Violetta dará lectura a la carta de Germont. Contrario a lo que estamos acostumbrados, esto se hace a voz normal sin canto, como corresponde a una tradición operística que existía ya desde varios años atrás. En “Addio del passato”, la despedida de Violetta, pon atención a un quejoso Oboe que comenta anticipadamente la voz de la cantante. La última gran pieza del acto, “Parigi o caro”, es un dueto que, a ritmo de vals, reúne a los amantes casi en articulo mortis. Lo movido del ritmo y lo festivo de sus actitudes en un ambiente de enfermedad nos recuerdan como en esta obra, la felicidad y la tragedia, o incluso la frivolidad y el amor profundo se dan constantemente la mano.